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miércoles, 24 de enero de 2018

Pasión, tradición, toros... y Morante


Seguimos la vera del Guadalquivir desde que asomó el Giraldillo en el horizonte. Sus idas prestas y sus vueltas perezosas son como el eterno vuelo de los volantes de una canastera cuando al compás de tres por cuatro los mece al aire. Tiene algo de insinuación, como Pastora, pero también de salvaje, La Malena. Es libre como Gallito e inspirador como Rafael. Un agua que riega marismas. Una tierra de toros. De un torero, Morante.

Lo primero una vez que perdemos Sevilla es Gelves, Tierra Santa. Allí parió la Señá Gabriela a José, Rafael y Fernando empapados en agua del río que lleva y trae retazos de nuestra historia. Sin perderlo de vista, Coria del Río, en otro tiempo marinero. Su puerto, puerta de entrada a Hispalis, descargó riquezas de allende los mares. De oriente a occidente.

No más de tres kilómetros más allá se levanta a capricho una de las joyas de la ribera del Guadalquivir. Un gran monumento a Alfonso X El Sabio nos recibe ataviado con el pañuelo azul y rojo. La Puebla del Río está de fiesta. Su patrón, San Sebastián, ha vuelto a unir al pueblo en torno a una celebración que en apenas cuatro años ha traspasado la frontera local.

Los globos de helio de Bob Esponja se mezclan en el paisaje con la plaza de toros. Un Bart Simpson hinchable, que se mueve al bote de los chiquillos, se confunde con el humo del puesto de buñuelos. La Peña del Betis, repleta, aún mira con altanería a la del Sevilla, que está un pelín más arriba, después del regalo de Reyes. De repente aparece un pequeño carretón entre dos niños que pelean como si les fuese la vida en llevarlo calle Larga para arriba. Esto es España en fiestas. El color, el olor. El sabor amargo de una cerveza y las manos de una cocinera que borda el solomillo al whisky. Sí, España.
Los balcones están engalanados con la rojigualda y la blaugrana (con perdón). El vallado del encierro no tiene ni un desconchón. Pintado a capricho con los colores locales avanza más de dos kilómetros en una casi perfecta línea recta entre la salida y la plaza. La plaza, aun siendo portátil, es distinta a todas las demás. El dibujo de la Puerta del Príncipe engalana la Puerta Grande y los rayos de sol se reflejan en el brillante albero, de Alcalá de Guadaira. Suena la Banda Municipal que toca alegre una marcha a lo lejos, mientras los tambores de la Escuela Infantil hace tronar con el redoble.

La esquina del reloj bulle antes del encierro. Miles de personas se agolpan en el cruce de la calle Larga con la calle Palmar. Al fondo, se atisba la Parroquia Nuestra Señora de la Granada donde San Sebastián aguarda la salida en su día grande. De fondo, sevillanas de Los Romeros de la Puebla, ilustres vecinos, que son los encargados de dar el chupinazo este año. ‘¡Que bote La Puebla!’, ‘¡Alabin alaban, a la bin bon ban, La Puebla y nada más!’, gritan los jóvenes entre la multitud.

Es La Puebla del Río en esencia. La misma que baña los arrozales desde tiempos inmemoriales. Tradición y pasión. Un reducto en el que no cuaja el postmodernismo sensiblero estéril que pretende unificar sociedades y continentes. La huida de la globalización. Un canto a las raíces, a la familia, a los amigos de siempre.

Es Morante en plenitud. Su generosidad ha levantado la fecha del 20 de enero y la ha marcado a fuego en el calendario. Un trabajo que no se puede cuantificar en dedicación pero sí que se puede calificar: ilusión. La ilusión que se percibe en cada rincón del pueblo. Que se respira en niños y mayores. En las lágrimas de fe al paso de San Sebastián con el eco de las cornetas y los tambores de la Legión de fondo. Que se ve en la cara de los chavales que sacaron en hombros al nuevo ídolo local, El Exquisito. Morante es de pueblo y vive por y para su pueblo, su Puebla.

Morante tiene la culpa.

miércoles, 10 de enero de 2018

'Sabemos los honorarios que está acostumbrado a cobrar José Tomás pero Morante no es ambicioso con el dinero'

Jerez de la Frontera. 12 de mayo. Juan José Padilla y José María Manzanares acompañarán a Morante de la Puebla en su esperada vuelta a los ruedos. Los toros, de Juan Pedro Domecq. 'Tenemos firmada la reaparición y la última', nos confirma Manolo Lozano. 'Morante ha elegido Jerez porque está muy cerca de Sevilla'. Unas 25 corridas de toros que concluirán por todo lo alto.

Los nombres de Morante de la Puebla y José Tomás han estado muy ligados en las últimas fechas. El rumor de que el torero de Galapagar va a hacer temporada en España hizo saltar todas las alarmas. 'A Morante le hizo ilusión ver a José Tomás en la corrida del 12 de diciembre en La México. Fue invitado por don Alberto Bailleres y enseguida aceptó'. 

'Dicen que José Tomás puede torear alrededor de 12 corridas este año. Me gustaría que, al menos, torease un 50% junto a él. Seis o siete tardes pero eso depende de las empresas'. Aquí nos surge la duda del problema económico que supondría juntar en el mismo cartel a estos dos colosos: 'Sabemos los honorarios que está acostumbrado a cobrar José Tomás pero Morante no es ambicioso con el dinero. Por mucho que cobre José Tomás, en plazas donde se den ferias de cuatro o cinco festejos, los números saldrían perfectamente'.

¿Y la televisión? 'Ninguna'. A Morante habrá que verle en la plaza este año. 'Si las ferias que se retransmiten por televisión reservasen una corrida para José Tomas y Morante, imagínese el impulso que daría al abono. Van a ser los dos únicos toreros que no se van a dejar televisar y el público lleva tiempo sin verles'.  

Sevilla es importante para Morante. Por eso, a pesar de no estar en abril, redoblará los esfuerzos para terminar el año anunciándose en las dos corridas -de Juan Pedro Domecq y de Hermanos García Jiménez- que compondrán la Feria de San Miguel. '¿Qué significa? Que no será contratado en plazas a posteriori de Sevilla como Zaragoza o Jaén. Aunque empiece tarde, tiene tiempo para torear las 25, o incluso 30 si quiere, corridas de toros que estamos diseñando'.

Manolo Lozano no ha dejado ningún detalle a la improvisación: 'Me quiero permitir el lujo de que los 15 días antes de San Miguel, Morante no toree en ninguna parte. Se ha echado a la espalda la responsabilidad de una feria que no pasa por buen momento. Queremos llenar la plaza y recuperarla. No queremos correr ningún riesgo. Es lo mejor para, incluso, llegar con más inspiración a torear esas dos corridas'. 

'Morante quiere torear pero le he dicho que tenga paciencia'

Morante ha recobrado la ilusión. Parte de la culpa la tiene Manolo Lozano. Un verso suelto en el toreo. Un hombre libre que nunca abrazó ningún dogma. Es de noche. Fuera, llueve. Hablamos de la alegría que este agua está llevando al campo: 'Las lluvias de hace unas semanas, más las de estos días sirven para arreglar los pastos. Los ganaderos lo estaban pasando muy mal'.

La primera pregunta es directa, ¿qué tal está Morante? Y clara la respuesta: 'El torero está lleno de moral y alegre, que es lo importante. Ahora está concentrado en la organización de la novillada sin caballos de su pueblo el 20 de enero y el encierro infantil del día anterior. ¡Ha hecho un traje de luces para todos los niños! Eso se llama hacer afición'. Manolo Lozano vibra hablando de 'su' torero: 'En este poco tiempo, puedo considerarle amigo de verdad. El cariño es mutuo'.

Aún queda tiempo hasta el 12 de mayo. Día marcado a fuego para los partidarios del torero de La Puebla del Río. Hasta entonces quedan cuatro meses de intensa preparación. 'Está con una actividad estupenda. Varios ganaderos me han ofrecido vacas pero prefiero que las reserven. Morante quiere torear pero le he dicho que tenga paciencia. Enero y febrero son meses fríos, llueve... Lo mejor es que este entrenamiento sea en marzo y abril, ya con la primavera. Ahora está haciendo ejercicio, corre, hasta juega al fútbol en su finca. También es importante la mentalización. Una cosa es el ejercicio muscular y otra el espiritual. Está entregado a que tiene que salir a darlo todo'. 

'Es importante que haya comunión directa entre torero y apoderado -continúa- al igual que tiene que haberlo con la cuadrilla. Domingo Ortega me decía que dirigía a la cuadrilla con la mirada'. Se percibe. Entre los dos surge la magia. 'Hablamos todas las noches. No hago nada sin que lo sepa. Todo le parece perfecto al igual que a mi me parece su toreo. Desde que le vi por primera vez me parece el toreo pluscuamperfecto porque tiene tanta técnica como el primero, más valor de lo que se cree la gente y, por si fuese poco, la repajolera gracia de los que nacen a la vera del Guadalquivir. Ese duende y ese sentimiento que solo tienen los que se bañan en el Guadalquivir'. Y lo tiene fácil para bañarse, le apostillo. 'Incluso en invierno', contesta con gracia.

lunes, 29 de mayo de 2017

'A la orilla del río'

A donde van a parar las ilusiones, los sueños, las pesadillas, las alegrías y los sinsabores. La vida que nace y muere con la esperanza de un nuevo despertar. La dicha de una nueva embestida, de un muletazo que es caricia contra la agresividad natural. Un ideal que navegó a veces con el viento de popa que lo impulsa y lo lanza. Morante, Talavante y Mora ejercieron de capitanes de su destino. Dueños de un timón férreo con la sutil suavidad de quien sortea las olas. Pero todo quedó ahí donde mueren las ilusiones y los sueños, a la orilla del río.

Porque a la orilla del río quedaron las ilusiones de Morante que busca en Sevilla comprender por qué el toreo le llamo a él. Morante es la inteligencia unido a una capacidad innata. Con eso que le fluye. La naturalidad hecha torero. Así fue como en su cuarta cita con la Maestranza quiso como nunca antes. El primero fue un tío. Fuerte aunque bajo, cornidelantero y astifino. Fue ovacionado de salida. Siempre suelto en el capote y en los dos encuentros con el peto, Carretero se fajó para sujetarlo pero su condición le hacía irse cuando veía la puerta abierta. Ahí fue cuando se quedó Morante solo con el de Cuvillo. Suave, muy suave, dio celo al toro sacándolo entre las dos rayas de picar. Clave. El toro solo quería zafarse de la muleta con serios arreones y el incómodo viento se hizo presente.

No importó. Morante se echó la muleta a la mano izquierda para instrumentar dos naturales primero y una tanda de media docena después de los de reconciliarse con el toreo. Roto, encajado, hundido pero sin descomponer un ápice la figura. Si buenos fueron los de por abajo, el que pegó por arriba para ligarlo con el de pecho fue de cartel. Ya nos habíamos olvidado que por el izquierdo era donde el toro huía en el primer tercio y que el viento era un incómodo compañero de viaje. Qué bonito sonaba Suspiros de España. Con garbo y torería, cerró al toro una miajita como bailando con la muleta y el toro. Ahí fue cuando cogió la derecha. El toro pesaba y apretaba en los adentros pero ahí era donde venían el muletazo sublime. Largo. Eterno. Voz fuerte del sevillano para provocar a 'Sombrerero' y salió el olé profundo y ronco de lo que llega a dentro. Ya nos habíamos olvidado de su genio, de su aspereza, de lo que cuesta un toro así en ese terreno. Morante lo hace y punto. Dejó un espadazo que por punto trasero alargó la muerte. Incomprensiblemente eso enfrió a una parte del público que se negó a la evidencia. Otra gran porción pidió la oreja. El presidente hizo caso a los primeros.

Morante tiene eso que da ser especial. Imprevisible. El último toro de su particular feria no mereció todo lo que le hizo. Quiso con el capote. Tres verónicas de cartel con el toro metiéndose por dentro y un quite por chicuelinas que apuntaba a grande pero quedó inconcluso porque quería irse ahí donde fue a morir. Pero Morante es genial. Paró a Carretero que se iba a colocar el primer par y le pidió las banderillas. Ni el toro estaba para banderillear ni Morante quería irse sin vaciarse. Arreó y de qué manera en el primer par. En el segundo cuadró en la cara. Y en el tercero surgió la magia. Con el hombro derecho pegado en las tablas que miran a la Puerta del Príncipe. El toro en el burladero. Cita. El toro le miró sin ir. Aguantó estoico el sevillano que lo provocó más. Dos pasos. La distancia era corta y peligrosa. Volvió a citar, el toro arrancó, marcó la suerte del quiebro con soberana maestría y saludó con toda la Maestranza en pie. Todo fue un espejismo cuando tomó la muleta. Un suspiro roto. Una voz aflautada en un cuerpo de hombre recio. Un gatillazo. El toro se rajó antes incluso del segundo tercio. Lo intentó tapándole la cara o fijando por abajo pero fue una pelea imposible. Hubo muletazos aprovechando el viaje del toro por ahí. Hubo esperanza. Hasta el abaniqueo con el que cerró fue precioso. Se tiró a matar como si se jugara algo más. Es Morante.

Dos toros buenos con distinta condición trajo Núñez del Cuvillo dentro de una corrida de buenas aunque distintas hechuras. Bravo fue el segundo. Un toro menos apretado que el primero aunque lleno y bajo, amplio de sienes y con cuello. De salida ya colocó la cara y cumplió en el caballo pero fue en banderillas cuando se evidenció su buen tranco. Pronto, con ritmo y franqueza, Talavante toreó reunido y con ajuste sobre la mano izquierda en una tanda muy jaleada. El viento siempre estaba ahí. Este fue otro importante 'Esparraguero', como aquel jabonero que consagró a Talavante en El Pilar de Zaragoza en el ya lejano año 11. Bravo. No excedió el extremeño en una faena medida. Salió trompicado de la estocada después de que se quedara en la cara en el embroque, lo que dio más emotividad al último encuentro. Esta vez el toro cayó rápido, la petición fue similar a la del primero pero esta vez el premio fue de oreja.

El otro bueno fue 'Novelero'. Este tercero más encastado que bravo. Salpicado de pinta y más basto de hechuras en su conjunto. Se movió en el capote de David Mora e incluso arreó con fuerza en el caballo, recargando, aunque amagó con tirar la toalla. Fueron emocionantes las banderillas de Antoñares y José María Tejero, que expusieron en demasía sobre todo en el tercer par. Se dobló David con él, llevándolo muy suave. Respondió el de Cuvillo desde la primera tanda con embestidas profundas. Lo mejor llegó al natural, donde el torero puso corazón y alma sin pensar en más allá. Lo apretó, incluso, toreando por abajo y el toro respondió con entrega. Pero ahí fue cuando se sintió podido y lo que antes era profundidad se convirtió en intentos voluntarios de fuga. La espada le hubiera puesto una oreja en la mano pero un pinchazo previo a la estocada fulminó con cualquier esperanza.

Las tardes son un viaje por las emociones. Te suben y bajan en cuestión de minutos. Esta fue de las que arrancaron con fuerza. Cuatro capítulos intensos, con ritmo. Trepidantes. Pero el colofón descafeinó lo que empezó siendo grande. El quinto estaba hecho más cuesta arriba y salió suelto desde la salida. Siempre embistió descompuesto incluso cuando intentó fijarlo con brillantez Valentín Luján. Talavante estuvo firme pero se alargó en una labor de escaso eco por los viajes descompuestos del burel.

El sexto fue la ejemplificación de que los anhelos de la undécima de feria murieron a la orilla. Astifino y con caja, humilló y embistió con ritmo de salida. Apretó en el caballo y colocó la cara en el quite de Mora. Ángel Otero dio espectáculo en banderillas con dos pares cuadrando en la cara. Rompió 'Barrilero' desde la primera tanda con codicia y repetición. Mora lo exigió primero y se relajo después. A pesar de que nos las prometíamos felices, al toro le empezó a costar el tercer muletazo. Después amagó con irse. Y a la definitiva, se fue.

Por un momento, los sueños parecieron navegar por un río bravío e indomable. El destino o el camino fueron conduciendo a la orilla. La orilla donde se embarran las esperanzas. Donde muere el presente. Donde nace el recuerdo.

Crónica publicada en Mundotoro. 04.05.2017.

'El Juli grande... en Bilbao'

No arreció esa lluvia gorda y fría que cae en Sevilla por abril desde un minuto antes de que Navarro diese el golpe firme al cerrojo que da por inaugurado un nuevo festejo. Las gotas seguían cayendo cuando con pasmosa lentitud con el capote y con un talento y profundidad de privilegiado, El Juli dictó cátedra en Sevilla. Bueno, podríamos decir que el discurso fue en Bilbao. Como el tendido, que se coloreó de chubasqueros made in Bilbao. Y de Bilbao, una corrida grande. Grande para cualquier plaza que elija el toro que no se pide en Sevilla. Por coherencia y a escala, si tres o cuatro toros que se lidiaron son aptos en la Maestranza, resultaría que el gigantismo se adueña del toreo.

Más basto que hondo, más gordo que fuerte, el lote de Justo Hernández hizo perder por unos instantes la identidad a una plaza con un toro tan identificable. Los dos primeros, grandes aunque bajos no secundaron a los siguientes que fueron creciendo, también, en alzada y en un pobre juego que arruinó las esperanzas de un público que colgó un 'No hay Billetes' que siempre hay que celebrar. Superaron los 630 kilos los de Domingo Hernández, apenas llegaron a los 550 los del hierro de Garcigrande. Curioso.

El quinto fue el único que se movió con alegría en los primeros tercios. La tarde pesaba a todos menos a El Juli que toreó sin velocidad alguna a 'Estrella' con el capote. Con una mano en la bragueta y con la que torea a un palmo del suelo. Más despacio y más abajo, imposible. La media, abrochada a la cintura, tuvo un empaque solemne. Apenas lo castigó en el caballo, con Barroso levantando la vara aún con el toro apretando. Rodilla en tierra, ya con la muleta, El Juli lo obligó para sacarlo a los medios donde desarrolló toda una faena de altas cotas técnicas y artísticas.

Si la primera tanda sirvió para calibrar al toro, desde la segunda El Juli comenzó a mandar en la embestida. El toro no ofreció una embestida igual que la anterior, de ahí su dificultad, pero apenas lo dejó ver el madrileño que bajó la mano en varias tandas de mucha reunión. Después un tiempo para atacar con un cambio de mano en el que le quitó la muleta de la cara, los pitones pasaron por los muslos y apenas corrigió un ápice sus zapatillas. Enorme. Dejó un espadazo acorde a la faena pero el toro se amorcilló y no quiso caer. Un golpe magistral con el verduguillo no restó para cortar una oreja de una dimensión colosal.

Ya había toreado bien al segundo también con el capote pero este iba sin ir. El quite por chicuelinas y unas julinas de profundidad infinita fueron replicadas por un Talavante con la suerte en contra. El Juli lo llevó siempre toreado, consentido en las telas pero sin rozarlas a pesar de que siempre se venía por dentro sobre el derecho. El mero toque de un pitón con la muleta supondría un violento tornillazo en su descompuesta embestida que fue a más. Esta vez no entró la espada a la primera.

Morante y Talavante se miraron desesperados. Cuatro toros que no guardaban ni media embestida dentro de su abrupto cuerpo. Con el cielo cárdeno, el chirimiri y una mole de 637 kilos, Morante tuvo que mirar a los arcos de la Maestranza para comprobar que seguía en Sevilla. Al primero, bajo y con mucha carne, lo lanceó muy despacio con el capote a pesar de que siempre lo buscaba por dentro. También intentó abrirle caminos a base de suavidad pero si no hay, para qué. La historia del cuarto fue como la del 'Día de la Marmota'. Sin oportunidad con el capote, lo toreó sobre las dos manos para descubrir si se había olvidado de alguna embestida. Sevilla le espera el martes.

Talavante comenzó a torear en redondo en los medios sin perder un ápice de tiempo al zancudo y astifino tercero. Vertical, ligado, reunido. El toro se fue yendo mientras el público se ausentaba de la faena. Con el sexto fue imposible. Una masa de carne pasando con la fuerza de seiscientos y pico kilos moviéndose hacia ninguna parte. Lo mejor que pudo hacer fue no alargar en demasía con el trabajo de los operarios del desolladero.

Seguía lloviendo con guasa cuando, uno a uno, salía por chiqueros una montaña rusa que deslegitima de un plumazo con el mapa de coherencia del toreo. Sevilla es Sevilla. Y el toro de Sevilla... otra cosa.

Crónica publicada en Mundotoro. 27.04.2017